Los Incas, entre las más importantes civilizaciones que poblaron y se desarrollaron en América del Sur, la Incas – Tawantinsuyu en lengua aymara y quechua y que significa Las Cuatro Regiones, o Provincias Unidas – fue con certeza la mayor y más significativa, alcanzando lo más alto en un periodo de tiempo que va desde el siglo XIII al siglo XVI d.C.
Muchas hipótesis se formularon buscando el origen de este pueblo, a veces rodeado por una atmósfera de misterio; distintas tesis han sido admitidas con más probabilidades, pero en el transcurso del tiempo de entre todas una parece ser la más fiable: basándose también en sus antiguas leyendas, los Incas fueron pueblo después de una extraordinaria migración, desde las regiones limítrofes del lago Titicaca llevó estas originarias tribus de cazadores hacia el valle de Cuzco, en el norte, donde, en las laderas de la Cordillera Andina, fundaron su capital económica, política y religiosa y que tomó su propio nombre, hacia el año 1100.
También el idioma hablado por los Incas, desconocida para las poblaciones locales, no ayudó a establecer con certeza su proveniencia, y gracias a eso florecieron muchas historias y mitos: el más conocido cuenta sobre los primeros habitantes de Perú que llegados desde el norte se establecieron en la Punta de Santa Elena, el promontorio anterior al golfo de Guayaquil para los que vienen desde el istmo de Panamá.
Su rey Tumbe, después de haber fomentado muchas expediciones para la conquista, ya mayor en edad, dejó su reino a sus dos hijos, Quitumbe y Otoya, que desde el principio se encontraron en desacuerdo y decidieron separarse. El primero dejó el país trasladándose con su gente a la ciudad de Tumbez, con la idea de fundar allí su propio reino y colonizar los territorios de los alrededores, en la región de la actual capital de Perú, Lima.
Otoya sin embargo eligió quedarse en el lugar de origen, llevando una vida poco acorde para un soberano, y atrayendo sobre su reino un pesado castigo divino: fue invadido por una raza de gigantes que exterminaron la población, pero que después, a su vez, fueron aniquilados. Otoya no sobrevivió y su pueblo fue diezmado. Quitumbe, al contrario, bendecido por los dioses, subió los Andes y fundó el reino de Quito; a su muerte su sucesor promulgó una serie de leyes extremadamente severas y duras, provocando un descontento muy grande entre la población y obligando un gran numero de personas a desplazarse para refugiarse en la isla de Guayanay.
Aquí se mezclaron con más tribus, llegando a una condición de convivencia difícil y delicada que acabó en una gran imposibilidad de coexistencia.
Por eso, un joven comandante fue enviado a tierra firme con el propósito de encontrar un lugar apropiado para establecerse de forma permanente. Este joven combatiente, llamado Manco, se reveló como el elegido para fundar el Imperio de los Incas: llegado al lago Titicaca, cuyas orillas y alrededores estaban habitados por otras personas, gracias a un recurso hizo que sus aliados, con los cuales se había acordado anteriormente, difundieran la noticia que allí mismo en poco tiempo se aparecería el hijo del Sol. De hecho así ocurrió: saliendo de una cueva completamente vestido con una lamina de oro, el chico designado fue acogido y adorado como una divinidad y su nombre se cambió a Manco Capac, Señor Poderoso. Este hecho fue entendido como una señal concreta y evidente que el Sol mandaba a los hombres, para que ellos lo adoraran y siguieran su hijo designado: así nació el mito Incas.
Hacia la mitad del 1100 d.C. Se tienen las primeras noticias del asentamiento definitivo de la población Incas en el valle de Cuzco: esta región ya estaba habitada por poblaciones autóctonas, pero el elemento que hizo diferenciar a los nuevos llegados con las tribus allí establecidas fue la propiedad por parte de los primeros de un único templo edificado en el valle, que fue punto de referencia para las actividades y las tradiciones culturales de aquella zona, y los referentes eran los sacerdotes y donde vivía el soberano.
Esta estrecha colaboración y unión entre el poder temporal y religioso, entre el rey y los sacerdotes, hizo que el estado se desarrollara de una forma completa, aumentando su autoridad cada vez más.
La civilización Incas se reveló como la más grande, superó con crece las anteriores tanto por la grandeza de su imperio, que desde la actual Colombia cruzando Ecuador y Perú aumentó hasta Chile y Argentina, como por las características de su propia organización social.
Interesante y en un cierto sentido poco usual fue la relación de los Incas con los pueblos que ya vivían en los territorios por ellos ocupados: la colonización se llevaba a cabo de manera que las costumbres de los sometidos oportunamente elaboradas por los invasores, venían adoptadas en su parte más positiva y utilizadas para que el imperio progresara. Este estaba dividido en cuatro regiones, llamadas Suyu, noreste, noroeste, sureste, suroeste, mientras que el gobierno central residía en Cuzco.
Para poder gestionar de manera eficaz y autoritaria todo el reino, en apoyo al emperador llamado Capac, Señor Absoluto, se constituyó la orden de los Sinchi, delegados de las distintas tribus con tareas de jefes militares, alojados en el templo junto con los sacerdotes, a los cuales fue confiada la tarea de desarrollar nuevos criterios para la conquista. Esta convivencia, con el tiempo se hizo muy difícil, llevando a un duro enfrentamiento entre los sacerdotes y el mismo soberano.
Hubo una primera renovación cuando subió al trono Inca Roca, primer soberano en asumir el titulo Inca y no Capac, decretando así su diferencia con los demás jefes territoriales; decidió mover y establecer la corte en la parte superior de la ciudad, abandonando el templo, sede de todos su antecesores, separando definitivamente el poder real del sacerdotal.
Inca Roca fue un gran innovador, con una visión modernista del poder: llevó a cabo diversas campañas militares, dando al reino nuevos territorios que bajo su mando y al de su sucesor Pachacutec se amplió más aun, pasando de reino a imperio, añadiendo y juntando todas las distintas etnias presentes en el territorio. El imperio Incas era una teocracia, con una organización social muy rígida y con una estructura jerárquica que tenía al rey en el escalón más alto: él era el hijo del Sol, por eso de origen divina, el único que aseguraba la unión entre las fuerzas celestiales y la protección de la comunidad, y por eso adorado y estimado por todo el pueblo; se conocía como Sapa Incas, el Único Incas, y suyas eran todas las riquezas y los territorios del imperio: de estos una parte se utilizaba para la construcción de los templos, mientras que el resto se entregaba a los agricultores para que pudieran cultivarlos y obtener productos útiles para su propia manutención.
Después del soberano, la clase más importante era la nobleza, formada por los descendientes y parientes del emperador: estos Incas de sangre real poseían los puestos más importantes en el ámbito gobernativo, militar y sacerdotal.
A veces, dentro esta casta, se podían encontrar también los nobles de las tribus sometidas, pero que se habían demostrado como buenos servidores del imperio Incas: estos eran los Curacas, dignatarios de rango inferior pero de igual importancia para sus tareas y obligaciones.
Más abajo estaban los artesanos y los que procuraban servicios útiles a la comunidad, por eso se tenían en gran consideración visto su capacidad de realizar obras como el cultivo de las tierras para el rey, creación de manufacturas en oro, plata y bronce, y también la construcción de carreteras, puentes y edificios para los cuales se empleaban albañiles capaces de edificar palacios sin el uso de argamasa solo cortando bloques de piedra de una manera tan exacta para lograr encajar las piezas perfectamente.
En la base de esta pirámide social estaba el pueblo, formado por familias de simples campesinos, que vivían en las aldeas y su única tarea era cultivar la tierra y criar el ganado: esta clase social no podía emanciparse, porque no tenía la posibilidad de instruirse.
Los religiosos tuvieron un papel fundamental en el interior del imperio: regidos por un sumo sacerdote, interpretaban lo que los dioses querían, y eso los llevó a un enfrentamiento con el rey cada vez mayor, ya que este era descendiente directo del dios.
El adivino hechicero, figura de gran relevancia en el ámbito clerical, juntos con los sacerdotes tenía que interrogar el espíritu de los muertos para poder así conocer el futuro; también la observación y el conocimiento de las estrellas era materia de gran interés y estaba a la base del calendario utilizado programar la siembra y la cosecha, las fiestas religiosas, y poder pronosticar el destino del bien y del mal. En el interior de esta clase social, se respetaba una estrecha jerarquía: en lo más alto el Sumo Sacerdote, después los numerosos ministros del culto, las Mamacumas, las Vírgenes del Sol, y los hechiceros. Los Incas eran politeístas, con una divinidad destacada: Inti, el Dios Sol, considerado omnipotente, omnipresente, y previsor, su dios protector; los miembros de la familia real estaban considerados directos descendientes del dios, y el oro era su propio sudor. Las otras divinidades del pantheon Incas eran Viracocha, divinidad anterior al Sol, considerado el Creador y Maestro del Mundo, dios comprendido en el ser humano, presente en todas las cosas y por eso poseía varios lugares de culto; Pacha Kamaq, dios de la tierra, Illapa, dios del tiempo, del trueno y del rayo; Kuychi, dios del arco iris ligado a la fertilidad, así como PACHAMAMA , la diosa de la tierra, Mamacocha, la diosa del mar, Yakumama, la diosa de los arboles y Ayar Cachi, el iracundo dios de los terremotos.
Esta antigua religión entendía que el universo entero fuera impregnado por divinidades de distintas naturaleza y origen, y a cada una le pertenecía una precisa colocación: esta visión definía el universo con el concepto de Pacha, palabra quechua que significa Mundo, fuera real o metido en un contexto temporal. La división estaba representada por tres distintos planos, el Pacha Hanan, el mundo superior que engloba al cielo y a todos los astros, los cuerpos celestes, las constelaciones, incluida la Vía Láctea, la más importante para todas las culturas de América del Sur; este espacio estaba habitado por Inti, dios masculino del Sol, y por Mama quilla, diosa femenina de la Luna.
El nivel intermedio era el Kay Pacha, el mundo físico y tangible, donde viven los seres humanos, los animales y las plantas; este ambiente ejercía a menudo de mediador entre el mundo real y el cielo, el Inca Supremo, hijo del Sol, rey y sumo sacerdote, a veces condicionado entre los dos; el último era Uku Pacha, o Hurin Pacha, el mundo interior y el de los infiernos; ligado al reino de los muertos y a la renovación de la vida, se veía como una nueva posibilidad de existir y por eso Pacha Mama, diosa de la fertilidad, era su protectora.
En este contexto, los Incas eran poseedores de creencias muy arraigadas, casi en el limite de la superstición: atribuían a lugares y objetos particulares energías e influencias sobrenaturales; eran estos los huacas, lugares que podían contener templos, rocas con formas inusual, fuentes, cuevas y otros que podían estar habitados por espíritus, y también plantas raras y animales, como los pájaros con características muy peculiares.
También a nivel simbólico, los Incas desarrollaron imágenes alegóricas, la más conocida es CHAKANA , llamada comúnmente Cruz Incas: presente también en otras culturas, es la representación del Árbol de la Vida, la unión de los tres mundos, celestial, terrenal y de los infiernos, con el cóndor, el rio y la serpiente para representar los tres universos.
También los nobles constituían una verdadera clase social, pertenecían a las familias más aristocráticas que se beneficiaban de los favores que el soberano les había concedido; muy a menudo eran los lazos de sangre que determinaban los trabajos dentro del reino, y solamente por derecho de nacimiento se podía acceder. Solo un grupo pequeño de estos señores lo era por privilegio, reconocimiento adquirido gracias a méritos propios obtenidos en el campo de batalla.
La administración del imperio Incas estaba articulada y muy vigilada: el Emperador era el jefe del estado, soberano absoluto y supremo. El reino se dividía en cuatro distritos llamados Suyu y por eso se llamó Tahuantinsuyu, la Tierra de las Cuatro Regiones. Cada una de estas zonas estaba administrada por un gobernador, que periódicamente despachaba con el rey sobre el estado de las cosas; la capital era Cuzco, sede del imperio, y los supervisores se elegían, como ya dijimos, en el seno de la familia real. A la orden de cada gobernador existían diez jefes de distrito, que administraban cada uno un nutrido grupo de trabajadores agrícolas, los puric, alrededor de diez mil. Cuanto más disminuya la autoridad del responsable, menos en numero eran los campesinos que dependían de él, llegando al limite mínimo de diez familias.
En este tipo de sociedad un papel fundamental lo cubría el ejercito: encomendado a las clases nobles de la población, era una fuerza formada por las distintas etnias que componía el imperio, con el propósito exacto de defender el reino controlando las fronteras y al mismo tiempo desarrollando campañas de conquistas hacia los territorios limítrofes, proteger y salvaguardar la seguridad del soberano de posibles ataques o agresiones y sofocar posibles revueltas que inevitablemente existían.
El ejercito podía tener también trabajos de régimen, como provocar o suprimir intentos de golpe de estado y ser responsable de ejecuciones en masa.
Dentro de estas milicias, los soldados que venían de las tribus conquistadas, podían mantener sus propias costumbres de su pueblo de origen, utilizando sus armas y colores.
El ejercito estaba dotado de equipos distintos, como lanzas, palos, arcos y flechas, hachas, TUMI , escudos, estos últimos decorados con motivos geométricos utilizados para atraer la protección divina sobre el soldado que lo utilizaba y también sobre la batalla que estaba librando.
Una de las expresiones de más interés de la civilización Incas fue la extraordinaria red de comunicación dada por sus calles: todavía no se conocía el uso de la rueda y por eso cualquier desplazamiento se efectuaba a pie y se necesitaban recorridos útiles y accesibles para los que se tenían que ir de viaje. Y para facilitar el paso de los caminantes se construyeron estaciones de parada a corta distancia entre sí, con edificios donde era posible comer, alojarse y dar cobijo a los animales de carga como los llamas.
El entramado de las carreteras Incas fue el más extendido y avanzado entre los ya existente en la época, comparado al de los antiguos romanos. Llamado Qhapaq Nan, se basaba en dos calles principales que cruzaban el imperio de norte a sur, paralelas entre ellas pero una más oriental que desde los valles de Quito, actual Ecuador, serpenteaba hasta alcanzar Mendoza, actualmente en Argentina; la otra, más occidental y cercana a la costa, cruzaba las regiones de llanura cercanas al mar, menos el trozo desértico donde subía y se desarrollaba cerca de las colinas, desde Tumbes en la frontera norte entre Ecuador y Perú a Santiago en Chile.
Entre las dos arterias principales, innumerables recorridos que servían de conexión, permitiendo moverse con facilidad desde una a otra vía, con comunicaciones u pasajes rápidos tanto como para los civiles como para los militares; este sistema de carreteras trazado con extrema precisión era sujeto a una continua y cuidada manutención.
El recorrido más importante en base a la extensión, 5200 Km, era el Camino Real, el primero nombrado anteriormente, y que salía de Quito, cruzando la zona montañosa de los Andes; el otro, el Camino de la Costa, que como la misma palabra indica se desarrollaba a lo largo de la costa. En estos recorrido se añadía el que se hizo más famoso con el tiempo y se recuerda hoy día para la importancia del lugar que alcanzaba, el Camino Inkas, o Incas, que llevaba a la residencia real de Machu Picchu. Formado por la unión de tres pistas diferentes, el sendero que llevaba a la Vieja Montaña, palabra quechua que define a la antigua ciudadela o alcázar, está entre los más espectaculares y sugerentes, recorrido todavía hoy por muchos viajeros, más por curiosidad e interés turístico que por necesidad como era antiguamente.
Hablando de las capacidades constructoras de los Incas, hay que pararse sobre la extraordinaria realización de Machu Picchu, antiguo asentamiento y que ahora es Patrimonio Artístico de la Humanidad. Construida alrededor de 1440 d.C. Por deseo del emperador Inca Pachacùtec, el alcázar se realizó en un lugar impenetrable, para garantizar la seguridad de los accesos vista su naturaleza y regularmente ocupado por un millar de personas; dividido en dos áreas bastante diferentes, una era ocupada por edificios civiles y religiosos, y la otra habilitada a zona agrícola, con terrazas que permitían el cultivo.
Asentamiento humano entre los más sorprendente, Machu Picchu quedó escondido y desconocido durante siglos, hasta los primeros años de 1900, cuando fue descubierto por el historiador americano H. Bingham. Además de las carreteras, elementos de fundamental importancia fueron los puentes, que permitían cruzar los ríos y cualquier otro curso de agua: construidos con fuertes cuerdas, su perfecta funcionalidad era vital para que cada trayecto llegara a su fin.
También en materia medica los Incas se revelaron como auténticos conocedores de este arte: utilizando su competencia en la naturaleza y en el ámbito adivinatorio, pudieron curar varias enfermedades utilizando practicas diferentes hasta llegar a la curación del enfermo. Demostraron ser hábiles cirujanos, operando el cráneo del enfermo abriéndolo con CUCHILLOS TUMI , para librarlo de los espíritus malignos considerados la causa del sufrimiento y portadores de molestias y también para curar heridas que los guerreros traían de las batallas.
La gran mayoría de las intervenciones se practicaban utilizando como anestesia compuestos de hierba y coca, considerada sagrada y utilizada como poderoso narcótico; se ha podido establecer que la tasa de mortaldad después de intervenciones quirúrgicas para aliviar hematomas por una herida, lesiones de una batalla o amputaciones de miembros en la época tardía del imperio Incas era muy baja gracias a la habilidad y el conocimiento alcanzado. La coca, además de estos usos, la utilizaba toda la población, masticada en pequeñas cantidades para aliviar el hambre y el dolor durante el trabajo, en dosis más altas para fines religiosos durante las ceremonias.
En campo artístico y artesanal, la producción Incas fue afectada por la influencia de los pueblos sometidos, de los cuales adquirió estilos y técnicas de trabajo; además, observando las imágenes pintadas sobre los innumerables vasos y objetos de uso común, o en las paredes de los templos y edificios, se pueden entender y conocer las costumbres, los usos y la forma de vivir de esta gloriosa civilización.
En el campo metalúrgico, los Incas conocían numerosos tipos de tratamientos: no utilizaban el hierro, no conocían su existencia, pero utilizaban el cobre, el plomo y el estaño, y con ellos realizaban el bronce, difundido por todo el imperio y usado por distintos fines, desde los utensilios de uso cotidiano y ceremonial, hasta para las armas y manufacturas decorativas.
Extraían oro y plata, con los cuales creaban esplendidas joyas utilizando técnicas maravillosas y refinadas para aquellos tiempos, como el cincelado y el gofrado; aunque los metales preciosos no eran abundantes, si fue importante la producción de tesoros de valor incalculable: la ironía fue que el oro, considerado la manifestación del Sol, fue la causa de su aniquilación en el moment en el cual Pizarro, en busca de fortuna, los descubrió en 1532.
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